Luces en Ñuñoa… para bicicletas

Taller de Bicicletas Ñuñoa - Providencia | Luces para bicicletas

Desde donde estoy sentado ahora, Dulcería Las Magnolias del Desierto, mesa individual en su amplia terraza (el antejardín de la vieja casa), se puede contemplar con claridad aquella esquina.
Una esquina cualquiera de la Comuna de Ñuñoa. Sin duda, y podría serlo por sus características urbanas, nada especiales, o no muy diferentes a tantas esquinas por donde pasan y cruzan tantas ciclovías en la cosmopolita Ñuñoa de hoy.

Una esquina, dos plátanos orientales, un grifo oxidado, y hoy en pleno octubre, también la cubre una verde alfombra de malesa. Las estaciones pasan, pero esta esquina siempre está así. Repito, siempre está así. “¿Quieres que insista?” le decía una mujer a un niño que se quedaba atrás, le tomaba la mano y apresuraba el andar, para así cruzar la calle y alejarse pronto de allí. Dicen que el invierno de 1993, uno de los dos plátanos nunca perdió las hojas, que es verdad que algunas amarillentaron, y que también tres o cuatro calleron a la calle, pero que aquel hecho inusual, es aún tema de conversación en las tiendas y talleres de la cercana Avenida Irarrázaval. Esto lo escuché por primera vez hace ya muchos años, cuando un tal Ciro López Zuñiga, un mecánico que regentaba el taller de bicicletas “Los Pedales sin Frenos ni Fronteras” , me contó una larga historia. La verdad, es que la olvidé completamente, pues no me la creí para nada (no quise creerla) , y pensando en el contexto de aquella época de transiciones y pragmatiscos atrabiliarios, fue lógico y “racional” olvidarla.

“Yo no lo ví, me lo contaron”, fue lo primero que me dijo este mecánico. Iba a decir mecánico sin fronteras, que es lo mismo que decir “mecánico de bicicletas” cuando este tiene una imaginación florida. “Algún día se sabrá por qué, y ese día será cuando la bicicleta de ella, llegue en primer lugar en la carrera de bicicletas de Ñuñoa hasta Providencia”, y de esta manera Ciro el mecánico, ponía fin a la historia. ¿Qué pasó entre medio? No puedo recordar casi nada, sólo retazos, fogonazos, y algunas imágenes sueltas, que van y vienen, pero que no logran secuenciar aquel relato de Ciro, el gran Ciro de las bicicletas. Deduzco que el personaje de la historia era femenino (por el final), y que obviamente andaba en bicicleta, pero esas chalas, esa contemplación que insunúa un largo cabello al viento en el atardecer ñuñoíno, no aportan lógica ni sentido. Y no, no recuerdo el rostro, ni sus manos, ni la bicicleta, siempre de espaldas o de medio lado, como buscando algo en una larga espera. Me esfuerzo, aprieto los ojos, pido un segundo café, y siento que tengo todo el relato, que por fin sé lo que le pasó, y sé también con precisión las veces que se le vió a este ser por aquella esquina, y cuando ya lo tengo delineado cual pintor sobre la tela, los contornos y márgenes se diluyen, no queda ni ente, ni paisaje, sólo vacío sin luz, un vado impracticable, un puente a punto de caer, que solo se sostiene con un principio y un fin.

Ahora ya terminado el segundo café, justamente me viene el recuerdo de la segunda vez que escuché algo sobre la esquina. Fue unos meses después de la primera historia, en una tienda de bicicletas, creo que se llamaba “Easy Rider”, estaba en calle Eduardo de Castillo con lo Encalada, y que en realidad funcionaba más como taller de bicicletas, aunque también vendían repuestos y su especialidad: luces y reflectantes para bicicletas. No recuerdo el nombre del mecánico, pongamos Mañungo, Kiko o Renzo, algo así. Pero sí recuerdo bastante bien su relato, corto pero sustancioso. Sólo como dato “anecdótico”, llegué ahí pues mi bicicleta de aquellos años había pinchado la rueda trasera, y que curiosamente tenía un objeto extraño en su interior, tuve que cambiar llanta y neumático por unos nuevos. Cuando “Mañungo” estaba desmontando la rueda, me dice algo que aún recuerdo perfectamente: “y no me vai a preguntar por Marquitos?”. Me tomó por sorpresa la pregunta, y antes que pudiera abrir los brazos como alas de pájaro incrédulo, se adelanta Mañungo y dice: “el niño de la esquima poh”. Quedo como piedra mirando el Mar, y apenas pude refutarle en algo enunciado de historia, y relatar con lengua de lagarto esa historia de la mujer ciclista, que en aquella época la recordaba completamente (eso creo hoy). Aún recuerdo aquella risa como de hiena, una carcajada entrecortada y con poco aliento, una antesala breve, para relatar en forma precisa y sustanciosa, la veradera historia de la esquina. No pues, Mañungo “la llevaba”, “cachaba el mote” y me iba a contar “la pulenta”: “cumpa esto está corroborado por todos estos -hace un gesto abriendo los dedos de la mano- compares que me han dicho lo mismo”. En lo fundamental, él afirma: “la wea se produce cuando pasai en bicicleta”; “sea la hora que sea, y si tu bicicleta tiene dínamo… cagaste!!! el cabro chico se te aparece”; “la wea comienza cuando vas a media cuadra camino hacia la esquina, los pájaros se ponen a cantar juerte, luego está todo vacío, niuna alma en la calle, y ya pa recagarla, al llegar a la esquina misma, todo se pone oscuro como la noche, y de repente, apegao a un árbol grande, se ve a un cabro chico, así como que te va a pedir plata, pero no poh, el weón se ríe, y se le ponen los ojos como encendidos, como verdaderas luces, el ojo izquierdo con una luz roja y el derecho con una blanca”; “y entonces el pendejo como que trata de hablar, pero no se le cacha nah poh, lo único como que se le entiende es: maago madco Maarkito”; “si tu bicicleta no tiene dínamo para la luz, no pasa nah!! mi negro”; “todos los locos que han experimentado esto, terminan apareciendo a varias cuadras de la esquina, pedaleando como si nah, y recién al rato, les cae la teja de la wea que les pasó”.
Como que a Mañungo no le gustó mucho ver mis muecas que disimulaban mi incredulidad y algo de desdén. “Loco si no me creí, agarra una bici con dínamo y pásate por la esquina poh… y después me contai,,, ya?”.


Luego de pedir el tercer café, desde aquí donde vuelvo a contemplar la esquina, pienso que a veces tienes malas ideas, malos sentimientos o malos pensamientos, y que eso no tiene importancia, que esto le podría suceder a cualquiera. Un sudor me recorre el cuerpo, un “por qué” me rechina y campanea la mente, sin poder escapar de aquel laberinto esquinero. Pude dejar pasar de largo aquel corto y sustancioso relato, algo para olvidar al día siguiente, un “grupo” lanzado desde un taller de bicicletas ¿luces en los ojos? ¿la noche cae en Ñuñoa en pleno día? Tonterías!! cuentos de talleres de bicicletas!! Era tan fácil de olvidar. Dicen que el suicida es el enemigo de lo fácil.

Yo tenía una bicicleta mini con dínamo, verde para más señas. Estaba guardada por muchos y muchos años, la había abandonado, casi la tenía olvidada por completo, escondida entre revistas y libros, entre cachureos en el cuarto de la casa paterna la tenía. Dormía en silencio, olvidando los miles de viajes que a pedal juntos hicieron, ella y él. Y tal vez por eso, decidí despertarla, rescatarla al espacio abierto. Si no fuera por la corta y sustanciosa historia, esto jamás lo hubiera hecho. Y se me ocurrió traerla al Mundo nuevamente, no por casualidad, sino por llevarla a la esquina justamente.